Durante la última década, el hidrógeno se ha convertido en uno de los conceptos más repetidos en los discursos sobre sostenibilidad. Sin embargo, cuanto más se repite, más se simplifica. Hoy existe un consenso casi automático de que el hidrógeno es “verde”, es “estratégico” y es “inevitable”. Lo que rara vez se discute, es si llega en el momento adecuado, y bajo qué condiciones sistémicas puede ser realmente sostenible.
La brecha entre el discurso de sostenibilidad y la realidad del mercado
El primer dato incómodo es este: más del 95 % del hidrógeno consumido actualmente en Europa sigue produciéndose a partir de combustibles fósiles, según la Agencia Internacional de la Energía. El segundo es aún más relevante: cerca del 60 % de los proyectos de hidrógeno anunciados para 2030 en la UE, no ha alcanzado todavía decisión final de inversión (FID). No es que estén bloqueados por falta de tecnología, sino por incertidumbre regulatoria, ausencia de contratos de demanda, importantísimo, y desalineación temporal entre infraestructuras, energía y financiación.
En JPA, vemos aquí una realidad poco debatida. El hidrógeno es el primer vector energético cuya sostenibilidad depende más de la sincronización que de la innovación. Producir un solo kilogramo de hidrógeno verde requiere entre 50 y 55 kWh de electricidad y hasta 9 litros de agua desmineralizada. En regiones con redes eléctricas tensionadas o estrés hídrico, esto convierte al hidrógeno “sostenible” en un competidor directo de otros usos críticos. La sostenibilidad, en este caso, no es una cuestión moral ni tecnológica, sino una cuestión de prioridades sistémicas.
Por eso, a partir de aquí, el debate cambia de naturaleza. Dos proyectos técnicamente idénticos pueden tener destinos opuestos dependiendo del país, del marco regulatorio, del acceso a energía barata o de la existencia (o no) de contratos industriales a largo plazo. De hecho, algunos de nuestros trabajos y diversas estimaciones europeas muestran que más del 40 % del coste final del hidrógeno verde en 2030 dependerá más de decisiones regulatorias y contractuales, que tecnológicas. Esto explica por qué algunos proyectos avanzan con rapidez, mientras otros acumulan activos inmaduros.
Una decisión de poder industrial y capacidad de anticipación
Por eso para nosotros, la consecuencia clave es que el hidrógeno no es solo una transición energética, sino una decisión de poder industrial. Quienes confundan velocidad con ventaja, se arriesgan a llegar demasiado pronto; quienes esperen sin criterio, probablemente llegarán tarde. Los verdaderos ganadores serán aquellos actores (empresas, regiones e instituciones) capaces de decidir dónde no invertir, cuándo esperar, y cómo asegurar demanda y marco regulatorio antes de construir capacidad. Estas no son decisiones técnicas. Son decisiones estratégicas.
Es precisamente en este punto, donde la sostenibilidad se convierte en capacidad de anticipación: anticipar cuellos de botella regulatorios, dependencias externas, tensiones de red y ventanas reales de mercado. El hidrógeno no fracasa porque sea inviable; fracasa cuando se despliega sin calendario, sin jerarquía de usos y sin lectura sistémica del entorno.
